jueves, 25 de abril de 2013

Y de repente, vulnerable.

Y un día, eres vulnerable.

No es que antes no lo fueras, potencialmente. Es que hoy tu vulnerabilidad se coloca a la altura de tus narices y salpicándote con su saliva te susurra: ya sabes que puede pasarte a ti también. 
Sin colorantes ni conservantes, sin edulcorar. Eres vulnerable y ya lo sabes. Lo sabes, pero bien. No lo intuyes, lo presientes o lo supones. Lo sabes y punto. Tan real como que si te pellizcan el brazo, molesta.

No hace falta que haya ningún acontecimiento trascendente, ningún punto de inflexión épico, ningún telonero con platillos y trompetas. Basta una arruga que cuenta que el tiempo ha pasado, una  mañana de resaca incurable, un señor o señora en la cola del autobús, que hace ya diez años de aquello, veinte o quince. 

El tiempo suma a la evidencia de tu vulnerabilidad. Y la certeza de que a los que son como tú también les ocurren cosas malas. Ser consciente de que ha dejado de protegerte la burbuja de la inmunidad, de que ya no hay reserva de vacunas infalibles. Eres como todo el mundo. Sin más. 

Ahora hay que poner más atención al barro que pisas, que ensucia.


Nota mental: hoy la vulnerabilidad convive con la tragedia de más de seis millones de personas que no tienen un sueldo a final de mes. Ni empleo, ni futuro, ni luz, ni calefacción. Ni comida.

jueves, 4 de abril de 2013

Otras vidas

Me pregunto si existe la posibilidad de escapar del cuento.

Cualquier día, sin aviso, preaviso ni hora determinada, se me agarran al cuello las ganas de huir. Dejo el vestido azul claro, los zapatos de cristal y la sonrisa, arrugados en el suelo. Lleno la mochila de ropa cómoda y zapatillas con cordones, un impermeable, la cámara de fotos, lápiz y papel. Subo a cualquier medio de transporte, real o imaginario, aprieto las pestañas desmaquilladas, y sólo vuelvo al mundo cuando todo se ha hecho tan pequeñito como hormigas. Todo atrás. No más calabazas, carrozas incómodas, ratoncitos, coser, cantar o mirarse al espejo. Ya no soy yo. Ya no hay varitas ni madrinas.

Quién no ha querido alguna vez escapar del cuento. Ser otro, otra, o nadie. Dar la vuelta a la vida como a  un calcetín usado, rehacer decisiones, escoger otros caminos, no subir a ese tren y continuar andando. Quién no ha pensado alguna vez cómo sería todo si en vez de respirar como princesa, durmieras como bruja. 

Aprendería a recitar conjuros, a cocinar pócimas, envenenaría manzanas y volaría en mi escoba. Haría ruido como mi risa escandalosa y guardaría en mi armario el sombrero puntiagudo.

Vivir otras vidas. Perderme en otros mapas. Equivocarme de nuevo.

Nota mental: Escondida tras la letra E, del Érase una vez del comienzo de mi cuento, veo a gente sin casa, sin trabajo, sin ganas y sin esperanza. Veo el país de las maravillas convertido en tristeza. 

Pero oigo también una melodía, a lo lejos, la voluntad y el futuro de los que aún tenemos ganas de escribir la historia sin comer perdices.

jueves, 7 de marzo de 2013

Hay personas líquidas. 

Sabes que existe esa clase de personas, que no son gente. Tienen huesos de agua y besos con sabor a sal, caminan sin hacer ruido, flotando, y van dejando un rastro de aire color limón. Esas personas se meten en tus sueños y te ayudan a escapar de alguna pesadilla, pueden detener el tiempo y luego darle cuerda al reloj. Son capaces de abrir mucho los ojos mientras hablas, cerrar tanto la boca y solo abrirla para aliviar el peso de tus hombros. Ese tipo de persona se diluye, cambia de materia, se convierte en vino y deja que te la bebas. Y así se queda contigo, dentro, para achucharte un poco el estómago mientras vives.

Un día me encontré con una. Y me la bebí. Ahora busco la forma de devolverle su estado corpóreo y poder preguntarle qué tal se está allí dentro. Si hay salida, que me la indique. 


Nota mental: las personas líquidas sólo te rozan el pelo, quizá el alma.

miércoles, 13 de febrero de 2013

El olor a quemado

Cuando me entran ganas de escribir lo primero que hago es ahogarlas. Pienso en otra cosa, levanto los brazos, los bajo, muevo los tobillos, respiro hondo, me doy una vuelta por la habitación. Pienso en cosas bonitas. Un paseo por la playa, una tableta de chocolate, un poco de sol. Abro y cierro los ojos, un par de veces, tres quizá. Hago cualquier cosa que se me ocurre con tal de no enfrentarme al color blanco. La mayoría de las veces lo consigo, he depurado tanto la técnica de distracción, que sólo puede conmigo en una de cada diez ocasiones. El resto, triunfo.

Pero, cuando como hoy, las ganas de escribir superan a cualquier técnica disuasoria encontrada hasta el momento, no tengo más remedio que hacer memoria y recuperar el modelo unapalabradetrásdeotra.
Y aquí estoy.  Otra vez.

El tema. Ya sabía yo que el problema era justo ese. 
El tema, el motivo, el argumento, la cosa. De qué y por qué. Sobre qué. Y cómo.

Será que ahora hay tantos qués con olor a quemado que me escondo.
Y silencio.


jueves, 25 de octubre de 2012

A veces callamos (y cadenas)

La falta de libertad para decir lo que uno piensa convierte en veneno las palabras. La prisión tiene forma de fantasma, con sus cadenas y sus ojos huecos, y huele un poco a rancio, de todo lo que uno calla y no puede escupir.

La moderación y los matices a veces esconden todo lo contrario a la tibieza, y sólo se alivia cuando al otro lado de la línea esucha una voz tan parecida a la propia. Que no juzga y que no miente. Que únicamente permite que los disfraces de las propias palabras no tengan sentido.

Cuando falla la libertad, propia o impuesta o irreal, quedan los gritos en voz baja, siempre al oído de alguien que sabe entender. Tú ya sabes.

O escribir entre líneas, eso también.

martes, 23 de octubre de 2012

Los que cuentan

El día que ya no haya periodistas se cerrarán con llave las rotativas, habrá más espacios en los quioscos para otras revistas y coleccionables, dejaremos de mancharnos los dedos con tinta y acompañaremos nuestros desayunos con propaganda de grandes superficies. 

El día que se apague el último plató de noticias y se seque el maquillaje de los presentadores, cuando ya no haya reporteros cubriendo ruedas de prensa, agitando sus bolígrafos y cuadernos, preguntando y repreguntando, poniendo en aprietos o pidiendo documentación, habrá que mudarse de planeta. 

Cuando los políticos, cualquiera de ellos, o empresarios, o sindicalistas o escritores o ciudadanos de plataformas proderechos humanos o ecologistas o médicos o científicos tengan que sentarse delante de nadie para narrar sus proezas o criticar los fallos o explicar los abusos, entonces, ya veremos.

El día que nadie investigue, cuando nadie haga preguntas, cuando las respuestas no sean obligadas y cuando no haya letras para contar las historias. 
Entonces, sólo entonces, sabremos que nos hemos equivocado.

Nota mental: por la dignidad de los periodistas, por la libertad de prensa y por el derecho a contar historias.

lunes, 22 de octubre de 2012

Ventolera y rumbos

No se agolpan los pensamientos positivos en la puerta de mi casa ni hacen cola para entrar.
Pero el silencio no es el mejor método para acercarlos. Ya lo sabes.

Como la realidad no cambia, tendremos que ser nosotros.

Voy a pensar en cosas bonitas, un, dos, tres: calentarse las manos frías con una taza de café, acurrucarse bajo el edredón sabiendo que aún falta mucho para escuchar el despertador, un viaje en tren anticipando la llegada, el olor de la ropa y el suavizante, ver mi armario ordenado o una bandeja de sushi.

Ahora, ya. 

Así es más fácil abrir las ventanas.
Y abiertas quedan, a ver si con la llegada del otoño entra una ventolera que cambie el rumbo del aire.

Nota mental: dejad las puertas abiertas, así tiene efecto la corriente.